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La coreografía de la vida

Hace unos días estuve disfrutando del proceso del primer show de gimnasia y baile de mi hija, ensayos largos, shows muy emocionantes, camerino, arreglos todo lo que conlleva este mundo. Por supuesto que me lo disfruté, pero como en todo siempre hay un elemento de aprendizaje.


Durante el show, una de las niñitas más pequeñas, quizá 2 a 3 años durante su segundo baile se puso a llorar, ella se movía al ritmo de la coreografía, impecable, pero lloraba y lloraba, quizá estaba cansada, era algo que no quería hacer, se le perdió su juguete, ¡qué sé yo! no sabré exactamente la razón por la cual lloró, solo supongo, pero en ese momento no la estaba pasando bien. Por supuesto que a todos se nos enterneció el corazón al verla en esta situación incómoda, a los minutos ella no aguantó estar así y se salió corriendo del escenario.


A los segundos entró nuevamente al escenario acompañada de la directora de la academia muy solidariamente para que lo terminara; ella seguía llorando, todos le aplaudimos, y pues dentro de todo amamos el gesto de que la ayudara.

¡Ella terminó la coreografía a la par de su maestra tomadas de la mano y todo mundo reventó en ovación!


¿Cuál fue mi aprendizaje?

Bueno, a los días de lo sucedido estaba haciendo mi practica de yoga y “de la nada” empecé a llorar, porque traía un par de situaciones emocionales que no había tomado el tiempo de procesar. Lo primero que se me vino a la mente fue la escena de la niñita, que describí anteriormente, pues estaba exactamente igual que ella, parada haciendo mis posturas, pero llorando, no porque no me guste hacer mi practica sino porque estaba haciéndolo, pero sin ganas de hacerlo en ese momento. Y me hizo pensar que muchas veces somos así como ella… por alguna razón no queremos estar en un lugar, estar con una persona o en un trabajo y sufrimos, nos quejamos, pero como ella seguimos en el mismo lugar haciéndolo mecánicamente.


Y por supuesto que queremos que llegue nuestr@ “salvador” como en el caso de la maestra que nos ayude a seguir, que nos agarre de la mano y que nos lleve a cruzar ese mal momento. Y nos quedamos esperando y esperando por la eternidad. Y nos quedamos esperando porque pensamos que tiene que ser algo externo a nosotros, pero resulta que ese maestro interno está en nosotros mismos, en el hecho de decidir si queremos seguir allí sufriendo, dejar si no nos gusta y buscar hacer eso que nos apasiona.


Y definitivamente el observarme a través del espejo de la niña de mi practica de yoga, me pude dar cuenta donde no estaba disfrutando mi viaje en esta vida. Y desde esa toma de conciencia sigo mi viaje, decidiendo, ¡retomando a donde quiero ir!


 
 
 

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